Renovada lectura del Espíritu Santo en el libro de Hechos

Junio 8, 2017
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Decía mi mamá: Hay cosas que no se compran en la botica de la esquina. Hay que hacer la enorme y costosa diligencia de adquirirlas con el espíritu, y eso cuesta. Atahualpa Yupanqui

La primavera del espíritu florece en invierno. Antonio Porchia.

En los comienzos de Hechos, se reitera la mención del Espíritu Santo como una señal de la importancia que se le asigna a su presencia y acción. Basta recordar que en el Evangelio de Lucas no hay una explícita mención del Espíritu Santo. Jesús, en su despedida, le explica a los discípulos lo que ha dicho la Escritura sobre sobre su sacrificio y llama a predicar el arrepentimiento y el perdón a todas las naciones. Ellos son ahora sus testigos para quienes “enviaré la promesa del mi Padre sobre vosotros”. Por su parte, en Hechos, esa despedida y envío se relata en términos más explícitos: “después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido.” (1:2)

El relato que sigue a la elección del duodécimo apóstol acontece durante la celebración de “Pentecostés”, cincuenta días posteriores a la Pascua, cuando se celebraba la entrega de la Ley a Moisés y una acción de gracias por la cosecha. Cuando Hechos quiere acentuar un suceso o la irrupción de algún personaje siempre algo trascendental sucede que pone en un relieve particular lo que cuenta.

El marco en el que se encuadra esta historia comprende imágenes de cierta espectacularidad que buscan resaltar la importancia de lo que está sucediendo (Cap.2) que culmina con la puesta en escena de un escenario muy significativo donde, mientras “estaban todos unánimes juntos”, se produce “un estruendo como de un viento recio que soplaba.” Todo esto complementado con “lenguas como de fuego” que se repartieron sobre cada uno de los presentes, a partir de lo cual “fueron todos llenos del Espíritu Santo” y comenzaron a hablar otras lenguas. No se aclara quienes son los “todos”, si se trata del núcleo de apóstoles más las mujeres y la madre de Jesús con sus hermanos, o incluye a los reunidos que “eran como ciento veinte”. Todo da a entender que se trata de un número indefinido de creyentes. No obstante, queda dudosa la participación, si la hubo, del algún grupo de mujeres.

“Las lenguas de fuego” son las que les abren el poder del don de lenguas. Se trata de un don que permite hablar una lengua no propia pero que es conocida por aquellos que reciben su palabra. ¿Cómo se define esta posibilidad de hablar en lenguas desconocidas? Hay, al menos dos interpretaciones. Una, que entiende que se está hablando de “glosolalía”, término griego que une “glossa”, lengua y “lalia”, hablar, que se refiere a una forma de lenguaje donde se trata de palabras ininteligibles, propio de las personas que pasan un período de trance psicológico. Para otros, hay una confusión entre “glosolalía” y “xenoglosía”, también del griego “xenos”, extranjero y “lalía”, lengua, que corresponde a la capacidad de hablar una lengua que existe pero que no es familiar para el que la expresa, una lengua que no ha sido nunca aprendida. Los que no aceptan esta segunda definición entienden que debe tratarse de un lenguaje espiritual para la comunicación, lo que es difícil de sostener.

 

Pablo y las lenguas humanas o angélicas
Pablo, en la primera Carta a los Corintios, hace referencia a “lenguas humanas o angélicas” (13:1) que no tienen valor sin el amor. No se especifica el carácter de esas “lenguas angélicas” pero se adelanta a indicar que quien “habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios” (14:1). Hace un reconocimiento de la posibilidad de esas lenguas porque “por el Espíritu habla misterios” (14:2). Aunque, al mismo tiempo, les quita su importancia porque no son ayuda para la edificación y la consolación, porque no se comprenden o porque se necesita que alguien las interprete. Por eso, los que anhelan dones espirituales, deben entender que “el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (14:13) La posibilidad de que se presente en la iglesia la oportunidad de escuchar otras lenguas requiere que alguien las explique y, si no fuera posible, que se calle esa participación. Es muy difícil deducir si cuando se habla de lenguas extranjeras se refiere a las “tantas clases de idiomas” que hay, o su acento está puesto en “lenguas extrañas” que no define, pero que parecieran estar presentes en la comunidad y requieren su interpretación. Pablo está tratando de regular un hecho presente en la iglesia, desarrollando un proceso de comprensión para quien recibe tal mensaje y alertando a quien lo emite. Por lo que concluye: “no impidan hablar en lenguas: pero háganlo todo decentemente y en orden” (14:39-40). Esta explicación de Pablo suena muy razonable y equilibrada, pero deja en suspenso la preocupación de por qué sería necesaria la manifestación de la fe en términos que solo pueden ser perceptibles por intérpretes. ¿Cuál es la diferencia entre lo que narra Hechos y lo que Pablo asume como una realidad que existe en la comunidad y que requiere ser regulado? Muchos grupos de cristianos han asumido este “hablar en lenguas” como un don del Espíritu que se aleja de lo sucedido en Pentecostés y se aproxima a lo que Pablo trata de regular pastoralmente en Corinto.

Puede ayudar indicar que la palabra “glossa” se traduce al castellano también como el órgano físico (Lc. 1:64 y 16:24), pero en Hechos la palabra se usa como idioma, porque el acento está puesto en que la gente reconocía que les hablaban en su propia lengua. Hechos trata de disipar la interpretación de manifestaciones ininteligibles porque lo que se procura es comunicar los hechos sucedidos con la persona de Jesús. Hablar sobre la veracidad de estas manifestaciones de diferentes lenguajes invita a una interpretación del hecho que encuadraría más como aceptable testimonio mítico porque, es bueno recordarlo, esta interpretación se refuerza con la contrapartida del relato mítico de la torre de Babel. Las comparaciones de este suceso con el relato de la torre de Babel (Génesis 11) parecen ser inevitables. Allá la confusión de lenguas, aquí la oportunidad de hacer de la variedad de las lenguas un camino de encuentro y comunicación.

Lo que está narrando Hechos es que todo esto ocurrió en “la casa donde estaban sentados”, pero el estruendo es de tal magnitud que suscita la reunión de una multitud que se sorprende cuando los escuchan hablar a “cada uno en nuestra lengua” Y se añade una lista muy detallada de quienes empiezan a oír lo que dicen en su propia lengua. La contraparte de este asombro es la burla de los que los acusan de ebrios. La presentación de este relato tiene una fuerte carga dramática que busca reforzar la importancia de la experiencia que marcaba la ausencia de Jesús a fin de acentuar el valor de ser, a partir de ese momento, “llenos del Espíritu Santo”.

La parte más llamativa de este relato no se centra en los sucesos naturales, dado que vino “un viento recio que soplaba”, sino la constatación de “lenguas repartidas de fuego”. El fuego es un tema reiterado en el AT. Por un lado, por el valor propio de este elemento como por la interpretación metafórica de un valor purificador y, en este caso, expresión del poder de Dios. Pero el acento va más allá, porque el poder hablar las diferentes lenguas, y el detalle de los diversos lugares que incluye ese poder de comunicar, tiene un sentido metafórico que lo liga con lo indicado del relato de la torre de Babel. ¿Por qué se hacía necesario detallar ese hecho? Hay un claro propósito de dejar en claro que lo que ha sucedido es de una trascendencia tal que merece fortalecer su comprensión. Esta forma de comunicar es muy afín al estilo de Hechos que refuerza sus relatos con destacados elementos sobrenaturales.

La primera predicación de Pedro
A continuación, es Pedro, quien “poniéndose en pie con los once”, da el primer discurso en el día de Pentecostés, como aquel que lleva la voz cantante, al menos en los comienzos. Bien puede interpretarse como una señal de que hablaba en nombre de todos. Es posible que fuera de esta manera, porque la crónica de Hechos tiene objetivos centrados en sucesos elegidos en los que la dinámica de la predicación tenía fuertes acentos personales que no encuadran en cánones de relaciones institucionales o de algún tipo de jerarquía totalmente ausente en este incipiente comienzo de la nueva comunidad. Hechos cuenta lo que sabe, o selecciona de lo que sabe y le parece mejor para comunicar. Se trata de un comunicador que estima que está haciendo las cosas en orden pero, al asumirse como testigo, tiene las limitaciones de su propio compromiso.

 

En su predicación, Pedro se dirige a “los varones judíos y a todos los que habitan en Jerusalén”. Tres características se destacan de este discurso. Primero, que comience por afirmar a los reunidos que lo que ha sucedido no se debe a que estén ebrios. Su explicación se basa en el hecho de que “es la hora tercera”, es decir, alrededor de las nueve de la mañana, lo que es un argumento atendible. Sin embargo, no se detiene a explicar cómo la experiencia que habían experimentado les ha permitido poder comunicarse en las diferentes lenguas, lo que obvia en toda su presentación.

La segunda característica de este discurso se centra en las dos referencias del AT sobre las que va a basar su explicación del hecho de Jesús. Comienza con una cita del libro de Joel donde se anuncian la promesa y las señales del fin de esta tierra. Joel, de quien no sabemos mucho, ha anunciado que está por suceder una catástrofe, porque una nube de langostas, que bien se puede referir a un fuerte ejército invasor, destruiría los campos produciendo el hambre en Judá. Esto requiere un acto de expiación, ayuno y penitencia. Dios, finalmente, interviene castigando y salvando, derramando su Espíritu de salvación sobre todo ser humano que lo invocare.

Es sobre esta expectativa, proveniente del profeta, que Pedro traza un muy esquemático desarrollo de la vida de Jesús, “sus maravillosos prodigios”, sus padecimientos, su crucifixión y su resurrección, porque era imposible que fuese retenido por la muerte. Todo da a entender que aquí estamos con un patrón de predicación que se ha de repetir. La inclusión en Hechos de predicaciones varias refleja una redacción posterior en las que se sintetizan los temas centrales. Las afirmaciones sobre la resurrección de Jesús se sostienen con un segundo texto que proviene de un salmo (16:8-11) que Pedro atribuye a David, basado en el convencimiento de la presencia de Dios, “porque no dejarás mi alma en el Hades”. David se murió y fue sepultado, pero aquí se supone que habría estado convencido de que Dios levantaría al Cristo. Es más, “viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo”, lo que es una deducción del salmo que habla de que Dios aseguró a David descendencia (Salmo 132:11).

Comunicar para convencer
Las dos menciones del AT terminan llevando forzosamente a una interpretación con la que quiere certificar su mensaje. No es el único caso. Las primeras predicaciones muestran un marcado acento por demostrar que su fe está enraizada en la tradición religiosa del judaísmo y que, de ninguna manera, es una ruptura o desviación. Sin entrar en más detalles sobre estas citas, es cierto que aquí se ven un tanto forzadas las interpretaciones de antiguos textos con los que se concluye el argumento en defensa del Cristo resucitado. Seguramente este tipo de argumentación podía producir un eco de cierta aceptación. La convicción de que promesas del pasado tienen su repercusión y efecto en hechos presentes y futuros no es solo parte de la cultura de la comunidad judía de aquellos tiempos. Se reitera mucho el hecho de que en el presente se adosen selectos textos bíblicos, generalmente citados fuera de contexto, tanto para interpretar como para justificar ciertos sucesos, o para augurar buenos o malos tiempos personales o sociales. Se podría hablar de este reiterado uso en situaciones personales como enfermedades o calamidades terminales en la vida en esta tierra. Este uso tan frecuente, por ejemplo, en el mundo de los videntes, o de quienes confían en los horóscopos o en la lectura de los astros, refleja una tradición cultural de carácter muy extendida. De manera que no se trata de leer estos pasajes bíblicos simplemente como expresiones de una cultura que nos es ajena sino de comprender el peso religioso que se les atribuye. Hay ciertos presupuestos culturales, con base en relatos que la tradición ha reforzado como fundacionales, cuyo peso en la conciencia de la comunidad no se puede desestimar y necesitan ser reelaborados.

Tercero, se destaca aquí que, en esta primera predicación se ha procurado, hasta se podría decir con cierta audacia, trazar un vínculo directo con esos dos textos del AT, interpretando las vicisitudes como claras expresiones de profecías que hablaban de tiempos de cambios drásticos de destrucción Un caos que debería ser reencausado por una acción de liberación y nueva vida para la tierra y el pueblo. Los tiempos de crisis favorecían estos textos que describían varias de las señales de la problemática que afectaba al pueblo, y hacían generar un germen de esperanza de cambio. La venida de un salvador ante esta situación no era ajena en los tiempos de Jesús. Según los evangelios Jesús siempre trató de evitar ser identificado con, por ejemplo, algunas de las esperanzas revolucionarias contra la dominación romana, que parecían alentar a alguno de sus discípulos. Aun cuando las connotaciones políticas son más que evidentes, las predicaciones no registran ningún paralelo entre lo sucedido en el pasado y el presente sociopolítico que atravesaba el pueblo en aquellos tiempos. Un encuadre religioso sin un contexto histórico pareciera determinar los límites de su interpretación.

 

Es sabido que estamos con un texto elaborado a posteriori que procura resaltar los acentos más importantes que definieron la línea de comunicación de los apóstoles: un llamado al arrepentimiento para perdón de los pecados a fin de “recibir el don del Espíritu Santo” (2:38). La primera predicación concluye mencionando que, los que recibieron ese mensaje fueron bautizados, y ese día “se añadieron como tres mil personas”. (2:41) Se puede pensar que la cifra que se menciona tiene la intención de mostrar la buena recepción que tuvo el mensaje de Pedro, y resaltarlo con un número importante que lo certifique.

Todas las cosas en común
Pero, allí no concluye la comunicación exitosa. Los efectos se extienden a la formación de una comunidad en la que “tenían todas las cosas en común” (2:44), lo que indica una concepción idealista sobre su desarrollo. Se establecen algunas reglas que definen su funcionamiento. Primero, se destaca que perseveran “unánimes cada día en el templo” como expresando una continuidad con la vida religiosa. Luego se habla de que “partían el pan en las casas”, como signo de comunión y, posiblemente del servicio social que comenzaban a emprender. Todo eso se hace en común con manifiestas muestras de alegría. Este clima de integración sin fisuras apunta más a las expectativas que puedan brotar de la comunión antes que de una realidad palpable que podría haber trascendido. Lamentablemente, no habrá de reflejarse en el desarrollo posterior, donde se mostrará la tensión entre judaizantes y los que querían incluir a los gentiles, que dominará la historia en Hechos.

¿Por qué Hechos menciona esta frustrada expectativa de una feliz e integrada vida comunitaria? Cuando se escribe este relato ya se han manifestado muchos indicios de que las buenas intenciones no han llegado a buen puerto. Pudiera ser que lo que se quiere indicar aquí es que, el quiebre de esta expectativas, apunta a mostrar el carácter complejo de las relaciones humanas y las limitaciones que la misma comunidad experimenta. Grandes desafíos confrontados con debilidades humanas. Movimiento y conflicto están muy presentes aquí. Como se verás continuación, se estable una clara distancia entre la vida en comunidad y la integración de nuevos conversos, que se atribuyen a una acción de Dios mismo.

Los condicionamientos de la comunicación
“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (2:47) Es la conclusión que se indica como culminación de esa primera jornada de predicación. ¿Cuál era la necesidad del autor de Hechos para describir un impecable comienzo exitoso con una tal proyección en la vida comunitaria? No es difícil colegir que toda esta primera parte, más que contar lo sucedido en un solo día, articula con habilidad narrativa una imagen interesada, que puede aceptarse como genuina y básicamente honesta. Se puede ser honesto en la presentación de un hecho, y este parece ser el caso, sin embargo, toda comunicación no está exenta de intencionalidad. Esto no quiere presuponer una tergiversación de los hechos. Se puede ser amigable o no con lo que se comparte o con lo que se recibe. Hay que aceptar que el texto de Hechos tiene un carácter amigable con lo que narra y no debería esperarse otra cosa. Eso no libra a Hechos de querer entender si ese carácter amigable lo limita o no en sus apreciaciones; le lleva a subrayar en demasía los puntos más positivos; o se contrae cuando está tentado a ignorar realidades que pudieran oscurecer sus principales posiciones. Hechos se escribe en el contexto de una cultura particular y esa cultura condiciona su narración, y le impone ciertos parámetros dentro de los cuales compartir sus argumentos. No hay otra forma de comunicar un hecho que hacerlo en términos que sean comprensibles para quien lo reciba. No siempre es factible responder a las expectativas de la audiencia, porque no necesariamente llegarían a satisfacerlas. Convencer a una audiencia para un cambio presupone una cierta predisposición receptiva por parte de la misma para acoger lo que se le ofrece, como opción a la posición que sostiene o como alternativa a la situación que atraviesa.

Como se ha indicado, las expectativas de cambio estaban latentes en la comunidad judía de aquellos días. No necesariamente eran expectativas comunes y, seguramente, habría quienes no estaban interesadas en que el status quo fuera alterado. Esto es algo que los evangelios destacan especialmente, porque la intención de matar a Jesús por parte de las autoridades se registra ya al comienzo de su ministerio. Es de suponer que no sabían en aquel momento cuál era el propósito final de este hombre que había hecho prender una luz de alerta a las autoridades, las que no tardaron en establecerle un cuidadoso seguimiento. No sin razón, según los evangelios, Jesús reiteradamente evita ser identificado con algunas de las expectativas mesiánicas de aquellos tiempos. Hechos pareciera evitar cualquier contexto político para definir a la persona de Jesús y lo sucedido. De allí que pone su acento en la responsabilidad de “la casa de Israel”, y que fueron ellos los que crucificaron a Jesús (2:35). La novedad que introduce Hechos es que a ese Jesús “Dios le ha hecho Señor y Cristo” y esto no resulta tan fácil de aceptar.

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