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| 18/01/2010 |
Personaje. |
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Edgard Schillebeeckx, teólogo en la frontera.
Por Juan J. Tamayo.
España.
Nacido en 1914, fue una de las personalidades más influyentes en la
renovación del cristianismo durante la segunda mitad del siglo XX.
El 23 de diciembre murió, a los 95 años, Edward Schillebeeckx, el
teólogo católico más prestigioso del siglo XX, junto con Karl Rahner, y
una de las personalidades más influyentes en la renovación del
cristianismo durante toda la segunda mitad del siglo pasado. Ha sido
protagonista en los momentos más importantes de la historia reciente de
la teología, de la vida de la Iglesia holandesa y de la Iglesia
católica.
Nació en 1914 en Amberes, metrópoli de la Bélgica flamenca en el seno
de una familia muy religiosa de 14 hermanos. Hasta los 18 años estudió
en un colegio de jesuitas, donde recibió una rigurosa formación basada
en los clásicos. A los 19 años ingresó en la Orden de los Dominicos.
¿Qué es lo que le atrajo de la Orden dominicana por optar por ella como
estilo de vida? Él mismo responde: la apertura al mundo, la dedicación
al estudio, el trabajo de investigación y la teología centrada en la
predicación. Y a fe que él mismo hizo realidad estas cuatro
características en su vida religiosa, en su actividad intelectual y en
su manera de estar en el mundo.
Tras el noviciado, estudió filosofía en Gante y teología en Lovaina con
una orientación tomista clásica, que él renovaría durante los primeros
años de docencia. Después de la Segunda Guerra Mundial fue a Francia
para hacer el doctorado en Le Salchoir y estudiar en la Sorbona. En
Salchoir se encontró con dos de los más prestigiosos teólogos
dominicos: Marie-Dominique Chenu (1895-1990), sancionado entonces por
el Santo Oficio, e Yves-Marie Mª Congar (1904-1995), igualmente
sancionado en la década de los cincuenta del siglo pasado. En La
Sorbona siguió las enseñanzas de los filósofos Le Senne, Lavelle, Wahl
y Gilson.
De vuelta a Lovaina en 1947, inició su carrera docente en teología
dogmática con el objetivo de renovar el pensamiento tomista, anclado en
la más cerrada neoescolástica, y de abrirlo a las nuevas corrientes
filosóficas. Los escritos de este periodo, que alcanza hasta principios
de los sesenta, se caracterizan por el método histórico frente al
dogmatismo de manual, entonces imperante, y por el perspectivismo
gnoseológico, que buscaba una síntesis entre la fenomenología y el
tomismo.
Teólogo de confianza del episcopado holandés, entonces progresista, fue
su asesor en el Concilio Vaticano II y uno de los principales
inspiradores -e incluso redactores- de sus documentos renovadores,
especialmente en lo referente a la eclesiología y al diálogo de la
Iglesia con el mundo. Es proverbial a este respecto su afirmación
"Fuera del mundo no hay salvación", que contrasta con el aforismo
excluyente "Fuera de la Iglesia no hay salvación". Para mantener el
espíritu conciliar y desarrollar una teología en sintonía con los
cambios profundos promovidos por el Vaticano II creó en 1965, junto con
Congar, Rahner, Metz, Küng y otros teólogos progresistas la Revista
Internacional de Teología Concilium, que todavía sigue editándose en
ocho idiomas.
Fue asimismo uno de los principales redactores del polémico Catecismo
holandés, que presentaba los grandes temas del cristianismo, -incluso
los más conflictivos, como la doctrina del pecado original- con un
estilo vibrante, un lenguaje moderno y en actitud de diálogo con las
nuevas corrientes culturales.
A lo largo de su extenso magisterio teológico y de su amplia obra ha
sido procesado tres veces por la Congregación de la Fe (antiguo Santo
Oficio): en 1968, a propósito de algunos ensayos teológicos centrados
en la secularización y el cristianismo; en 1979, por su libro Jesús. La
historia de un Viviente, la mejor cristología del siglo XX; y en 1984
por su libro El ministerio eclesial, donde justificaba la presidencia
de la eucaristía por parte de un ministro extraordinario no ordenado.
De los tres salió ileso e incluso airoso. En las respectivas sesiones
del juicio celebradas en el Vaticano logró desmontar las afirmaciones
de sus inquisidores con brillante, argumental finura.
Schillebeeckx ha muerto y la sensación que tenemos los teólogos y las
teólogas que nos movemos en su línea de hermenéutica crítica es de
orfandad, sólo superada con la lectura de sus obras que seguirán
iluminando el itinerario del cristianismo del siglo XXI por la senda
del diálogo con las culturas de nuestro tiempo y del compromiso ético
por la justicia, con el evangelio de Jesús de Nazaret como referente.
(PE/Lupa Protestante)
PreNot 8663
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