CINE: ENTREVISTA CON COSTA-GAVRAS El principio de una

Enero 20, 2017
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El director de Z y Missing volvió al cine después de cinco años con Amén, un controvertido drama acerca de las relaciones peligrosas entre la iglesia y los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de venir a la Argentina, habló con Clarín.
Lo que pasó fue así. Era la noche del 6 de octubre y Lula quedaba a tres puntos de ganar las elecciones en primera vuelta. Las calles de Río de Janeiro estaban vacías, sea porque los brasileños reservan sus energías para victorias que consideran más trascendentes que las políticas o porque esos tres puntitos les hacían dudar sobre el triunfo definitivo y seguían pegados a la TV. Sin embargo, en la entrada del cine Odeón, en el centro histórico de la ciudad, unos cien simpatizantes del lider del PT hacían sonar una batucada potente e interminable. Así, la alfombra roja que recibió a Costa-Gavras para presentar Amén, tuvo el carácter épico de un hecho político, con el director griego de Z y Missing transformado en circunstancial héroe.
Una vez adentro, Costa-Gavras seguía en clima electoral y hasta parecía uno de esos personajes de sus películas que desbordan la pantalla de entusiasmo. “Estamos en un día histórico —decía ante la ovación de los petistas de la platea—. Al fin un país de América Latina vuelve a tener un gobierno de izquierda. Esperemos que en Europa se nos de por imitarlos”. Otra ovación. Y más palabras. Y otra vez los aplausos. Al rato, empezó la película, y el Brasil de Lula trocó en la Alemania de Hitler.
Un día después, sentado al borde de la pileta del coqueto Copacabana Palace, un hotel que de socialista no tiene nada, Costa-Gavras (su nombre es Constantin, pero nadie lo llama así, como si su apellido cumpliera la doble función) recordaba la escena. Más allá de las temáticas explosivas de sus películas, si hay un término que podría definir al director de Estado de sitio ese es el de elegancia. Alto, entrecano, delgado y con un porte envidiable para sus 69 años, el director ya podía acreditar en su rostro haber pasado la mayor parte de sus entonces 48 horas en la cidade maravilhosa tomando sol y bebiendo caipirinha al borde de la pileta del hotel. Camisa azul, pantalón marrón y la sonrisa siempre dispuesta, al hombre —como a sus películas— no parece costarle demasiado largarse a hablar. Y durante cuarenta minutos hizo eso ante Clarín. A la sombra, claro.
Amén es un filme que tiene todo para llamar a la controversia. Para sintetizar: se centra en una obra teatral que acusa directamente al Papa Pio XII de mirar para otro lado ante el holocausto judío a manos del régimen nazi (ver La cruz, la svástica y el escándalo). Y el director, nunca del todo ajeno a la escuela del shock, parece relamerse con las potenciales consecuencias de esa acusación, y con la relación que su película tiene con el mundo actual.
“Hay muchas conexiones —dice—. Yo veo un paralelo absoluto. Siento que esta época se parece mucho a finales de los ”20 y a los ”30. En la Alemania de entonces, los intelectuales se reían de Hitler, leían el Mein Kampf y decían que era ridículo. La iglesia decía que no pasaba nada. Diez años después, era un gran héroe de guerra en su país. Hoy pasa lo mismo con el crecimiento del racismo y la extrema derecha, con el silencio de los intelectuales respecto al gobierno norteamericano y George Bush. El dice barbaridades y nadie reacciona. Y si decís algo en contra, te tildan de anti-norteamericano. Fijate lo que pasó con Kiarostami, que no lo dejan entrar a los Estados Unidos. Igual a lo que pasaba con Chaplin, porque era comunista.”

¿Por qué cree que existe ese silencio?
Hay un consenso con la globalización de parte de los intelectuales europeos. Hoy parece que no se puede criticar al gobierno norteamericano. Fijate en Francia. Los intelectuales prestigiosos de los 60 tenían fuertes posiciones sobre los problemas del mundo. Hoy nadie reacciona. Peor, escriben cosas de acuerdo con Bush y sus mentiras, con eso de que hay que atacar a Saddam antes que él ataque. ¡Todo basura!
Usted siempre estuvo preocupado por la situación política de América Latina, que hoy vive una fuerte crisis. ¿Cuál es su sensación al respecto?
Creo que la forma de controlar los países en América Latina pasó de los militares y los dictadores a los poderes económicos, el FMI y el Banco Mundial. Para que no sean fuertes, para controlarlos, a los países hay que mantenerlos pobres. Creo que encontraron la forma correcta de dominación. Esto empezó con Robert McNamara, que notó que las armas no eran la forma de controlar el continente. McNamara se convirtió en el presidente del Banco Mundial y desde allí implementó su política.

¿Hay interés en Europa por lo que sucede aquí?
Ya no hay intelectuales con una visión global. Europa tiene sus problemas tratando de armar su bloque, y en eso han estado los últimos años, sin mirar afuera.
Paralelos al margen, Costa-Gavras regresó este año al cine tras cinco años de silencio con un filme que ronda en su cabeza desde 1964. Entonces, el treintañero griego que vivía en Paris se topó con una obra de teatro que lo impactó —El representante, de Rolf Hochhuth—, que atacaba al Papa Pío XII por su silencio durante el Holocausto. “Fue un gran escándalo en Europa —dice—. Mi amigo Jorge Semprún había hecho la traducción al francés y Michel Piccoli, también amigo, actuaba. Fui a verla y fue un caos. La gente se subió al escenario y le pegó al actor que interpretaba al Papa. El tipo terminó la obra con la nariz rota y la cara toda ensangrentada”.
Ese fue el germen. En ese entonces, los derechos los tenía el productor Sam Spiegel. “Y él quería hacer la película, pero primero quería contar con la autorización del Vaticano… Así que nunca la hicieron”, se ríe. Volvió a la carga en los 70, pero no pudo hacerse con los derechos, que recién se liberaron en 1997. “El tema del Holocausto siempre rondó mi cabeza —dice—. En una época pensaba hacer una película sobre las víctimas. Después quise adaptar La muerte es mi profesión, que es una biografía del que manejaba Auschwitz. Pero era un personaje muy negativo y nadie quería financiar el proyecto.”

¿Por qué le llamó tanto la atención la obra?
Era una pieza muy fuerte para ese momento. Decía que el Papa era un criminal y eso era escandaloso. No quise hacer eso mismo ahora. Esta es una película sobre dos personajes que no son tan grandes en la obra. Un nazi y un cura: sus vidas y cómo reaccionan a los acontecimientos (ver La cruz…)

¿Por qué cree que Pío XII no habló?
Es un gran misterio. La Iglesia intentó responder esa pregunta creando un comité que investigó los archivos. Pero no llegaron a nada porque no les abrieron toda la documentación. Yo estuve leyendo y encontré de todo. Hay quien dice que el Papa era anticomunista y tenía miedo que los soviéticos ganaran la guerra y destruyeran el Vaticano. Otros dicen que si hablaba, los nazis iban a invadir el Vaticano. Hay un libro (Hitler”s Pope, de John Cornwell) que dice que Pío XII era pro-alemán y pro-nazi. Yo no creo eso. Creo que era pro-alemán pero no pro-nazi. Algunos dicen que el Vaticano siempre permanece neutral. Otros dicen que el Papa era antisemita y no le importaba lo que pudiera pasarle a los judíos. Todas son explicaciones buenas y malas a la vez. Tal vez entre todas se pueda conseguir alguna buena, pero yo no sé cual es.

¿Cuál cree que es el origen de esa neutralidad de la iglesia?
No lo sé. Fijate en Chile, o en Argentina con los militares. Allí no sólo han permanecido neutrales ante el horror, sino que han ayudado a los asesinos, como la historia de los pilotos de aviones que tiraban gente en los 70, y después, al volver, un cura los absolvía.

Pero también estaban quienes se oponían…
Claro. También en la Francia ocupada había curas que eran pro y contra los nazis. Pero el problema es que la iglesia oficial, los líderes se mantenían neutrales mirando para otro lado.

¿Cree que si Pío XII hubiera hablado, habría cambiado algo?
Nadie lo sabe. Probablemente, no. Por ahí hasta hubiese sido peor. Pero igual estuvo mal que no lo hiciera.

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